La noche del pescaíto de 2025, aquel lunes 5 de mayo en el Real de la Feria, llevaba grabada en el corazón de todos los socios del Cortijo del Agua un significado muy especial. Para muchos, es simplemente la cena que inaugura la Feria, pero para nosotros era mucho más: el reencuentro de una familia que, generación tras generación, había hecho de nuestra esquina su hogar.
Porque, al fin y al cabo, esta caseta no era solo un lugar: era una herencia viva. Mari Carmen es socia gracias al legado de su padre (Manuel Medina), y él lo fue antes por su abuelo (también Manuel Medina), como quien entrega de generación en generación una llave que abre siempre la misma puerta del alma. Y esa cadena debía continuar con nuestro hijo Miguel y nuestra hija María, que aguardaban ya en la lista de espera, en los puestos uno y dos, preparados para tomar el relevo y mantener encendida la llama familiar. Este ejemplo que nos sucede a nosotros se repite con el resto de socios del Cortijo. Quizá por eso, aquella esquina del arte no era simplemente un rincón del Real, sino un pedazo de nuestra historia que habíamos cuidado como se cuida lo que se ama.
Este año, sin embargo, todo era distinto. Por primera vez en 83 años no podíamos cenar en nuestra caseta, ni compartir su alegra bullicio con nuestros seres queridos y amigos, ni brindar en la acera de enfrente cuando el "alumbrao" encendía el cielo de farolillos al pasar por nuestra esquina. Tampoco escucharíamos, hasta finalizar la noche, a nuestro querido grupo Guadalquivires, pura esencia del Cortijo del Agua.
Aún así, mi mujer y yo (acompañados también por mi hermana y mi cuñado, que quisieron arroparnos en una noche tan especial) decidimos vivir nuestro pequeño ritual. Así que decidimos ir al encendido, brindar (de otra manera) por quienes no podían estar y, quizá, así aliviar un poco ese gran vacío. Tras el 'alumbrao' llegó la duda inevitable: ¿pasar por nuestra antigua caseta y enfrentar de una vez esa punzada de nostalgia, o evitarla, y dejar que el tiempo hiciera su trabajo?.
Elegimos cerrar la herida pronto. No queríamos convertir "la esquina del arte" (como la bautizó con tanto cariño el maestro Manuel Melado con aquella grandísima sevillana que nos regaló) en un lugar al que temer pasar. Así que caminamos hacia ella, ahora en manos de otros propietarios, desconocidos para nosotros.
La esquina seguía igual de luminosa y coqueta, con ese brillo que siempre tuvo, invitando a quien la miraba a quedarse admirando su belleza exterior, y sobre todo la belleza interior de su gente. Me acerqué a tomar unas fotografías de la pañoleta, como quien guarda un pedacito de lo que fue. Y entonces, apareció de nuevo el duende del Cortijo del Agua.
Juana, socia de la caseta "D'AQUÍ VENIMOS", me vio haciendo fotos. Se aproximó, me tomó del brazo con una amabilidad desarmante y me acercó a la barandilla.
_ Ven, mira (me dijo con grandes ojos chispeantes). Te voy a contar una anécdota. Este año estrenamos nuestra caseta. Llevamos 32 largos años esperando este momento y estamos muy emocionados.
Sonreí, con un nudo en la garganta.
_ Juana (respondí), déjame que te cuente yo otra. Nosotros llevamos 83 años pisando estas tablas. Hasta este año, que sois vosotros quienes tenéis la suerte de estrenarlas.
Su ojos se llenaron al instante de lágrimas sinceras.
_ No puede ser... ¡sois vosotros! (exclamó entre sollozos). Y yo pensando que le hacías fotos a la caseta porque eras un turista, y quería mostrártela con orgullo...
En ese instante, aquel abrazo compartido, torpe y tembloroso, fue casi una liberación. Le explicamos que queríamos afrontar cuanto antes ese trago de pasar por "nuestra" esquina, porque desde ahora, ese rincón ya sería de ambos. Un vínculo que nadie podría romper.
Sin dudarlo, Juana nos hizo pasar a su caseta. Nos presentó a su marido, a su hija (que había venido expresamente para vivir su primer 'pecaíto' como socia), y al resto de socios (o más bien amigos, porque treinta y dos años de espera forja una amistad para toda la vida). Nos ofrecieron una copa de manzanilla y brindamos: nosotros por ellos, ellos por nosotros. Nos colmaron de cariño y atenciones, como si siempre hubiéramos formado parte de su caseta.
En el primer pase de baile de la nueva caseta, Juana me tendió la mano con una sonrisa, y me dijo:
_ Ven, baila conmigo. El año pasado bailaste la última sevillana de tu caseta... y este año va a abrir el baile en tu caseta.
Y por un instante, el tiempo retrocedió. Sentí mis pies taconear aquellas tablas, las mismas que tantas veces habían sentido nuestros pasos.
Al acabar, Juana preguntó a Mari Carmen por sus apellidos. Luego nos llevó al vigilante de la entrada y le dijo con firmeza:
_ Ella es Mari Carmen Medina, es una socia más. Cuando te de su nombre, ¡la dejas pasar!.
Aunque no volvimos a pasar por su caseta, Aquel gesto de Juana, tan simple y tan grande a la vez, lo guardaremos siempre en el alma.
Aquella noche de emociones encontradas nos dejó una certeza: Aunque perdimos nuestra caseta, no se perdió su espíritu. El duende de la esquina del arte sigue vivo, ahora en manos de unos nuevos propietarios que hicieron gala de toda su hospitalidad y amabilidad, y que han demostrado un señorío y sensibilidad dignos del Cortijo del Agua.
Nos complace saber que el antiguo Cortijo del Agua, hoy “D’aquí Venimos”, ha quedado en inmejorables manos. En personas que, desde el primer instante, parecen haberse impregnado del duende de esta esquina que tanto significa para nosotros. Y que, aun en su primer año, han demostrado tener la solera suficiente para ocupar, con pleno derecho, un lugar en el corazón del Real de la Feria.
Nuestro agradecimiento es inmenso. Gracias de corazón a todos los socios, y muy especialmente a Juana, a su marido y a su hija, por abrirnos las puertas de vuestra caseta como si siempre hubiéramos pertenecido a ella; por vuestra empatía sincera hacia quienes la vivimos durante 83 años; por tendernos la mano cuando más lo necesitábamos.
Desde este rincón de recuerdos y afectos, os deseamos la mejor de las suertes en esta nueva etapa que apenas comienza. Y ojalá pronto podamos recibiros en nuestra nueva casa, para devolveros, con una copa en la mano y una sonrisa verdadera, todo el cariño que vosotros nos regalasteis aquella noche inolvidable. Estoy seguro que ese reencuentro os alegrará tanto como a nosotros.





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